La Física Aristotélica y sus Criterios de Realidad

Aristóteles se nos revela, a pesar de sus 2400 años, como un pensador vivo. Con esto quiero decir que  prácticamente todos los hombres, sin importar el rincón del mundo al que pertenezcan, continúan siendo aristotélicos. Es que el estagirita ha determinado, más que cualquier otro filósofo, la orientación y los contenidos de la historia del pensamiento occidental. Así, su influjo ha permeado a prácticamente todos los puntos del globo y casi todos los ámbitos del desarrollo de la cultura humana.

En efecto, todos somos aristotélicos y la mayoría sin saberlo. Él ha brindado, por decirlo metafóricamente, la vista al entendimiento, dotando con ello al hombre de una manera de ver y de apropiarse de todo cuanto le rodea. Así, nuestra manera de pensar es el producto de siglos de aprendizaje latente de esquemas propuestos por el filósofo griego, que sistematizó la manera de pensar de nuestro cerebro “occidental”.

Por ejemplo, cuando afirmamos que una mesa es roja, es normal que pensemos que existe una sustancia, la mesa, que recibe un atributo, el color rojo. Nada más natural. Fue Aristóteles quien caracterizo a cada “esto” como el conjunto de una sustancia y un atributo.

Es bueno recordar que el olvido del “Ser” se inició con Platón, y se profundizó más aún en Aristóteles. “El Ser”, núcleo central de las filosofías de los grandes presocráticos: Heráclito y Parménides, se bajaba del trono, y con ello se instauraba la búsqueda de la verdad en base al “ente”, a través del pensar racional.

Por esta razón, a nosotros, se nos instala en el mundo sobre el supuesto de la creencia de tomar el pensar como el lugar del despliegue de lo “real”. Por ello, cada cosa es ella misma, lo que ella es, y no puede ser otra (Principios de identidad y de No-Contradicción de la Lógica Aristotélica), de tal manera se nos graba que el verdadero ser de las cosas está en ellas mismas.

Bajo esta óptica Aristóteles definió al ente humano como “animal racional”. Estamos tan compenetrados con el pensar racional, que lo tomamos, sin más, como el único vehículo que puede conducirnos a lo que “es”, y tiene que ser así puesto que, el pensamiento no puede sino referirse a lo que es algo, al “ente”. La pedagogía es hoy, una y la misma en todo el planeta; y esa pedagogía no es más que el despliegue de la razón como árbitro de la vida. El pensamiento aristotélico campea a sus anchas por todo el mundo.

Lo cierto es que Aristóteles transformó muchas, si no todas, las áreas del conocimiento que abordó, entre ellas: la Lógica, la Metafísica, la Filosofía de la Ciencia, la Ética, la Filosofía Política, la Estética, la Retórica, la Astronomía, la Biología y la Física. Es precisamente de esta última de lo que les quiero hablar…

 El Discurso de la Física Aristotélica


Muy posiblemente hoy día el defender la cosmología de Aristóteles sea de ingenuos, sin embargo, debemos reconocer que ella nos dejó un mundo atiborrado de cualidades, como el sonido del viento, el cantar de los pájaros, lo bello de un atardecer, el brillo de las luciérnagas; claro, sin la objetividad que nos dan los números, pero con ese “sentido de la realidad” que nos identifica como humanos.

¿Cuál es ese sentido de la realidad que, desde los tiempos de la “Grecia Clásica” (siglo IV a.C.), Aristóteles nos regaló?

Responder esta interrogante será la aspiración de las siguientes reflexiones, en las cuales trataré de mostrar cómo, y gracias a qué normas, fueron fundados los criterios que Aristóteles creía eran la realidad del cosmos, y que plasmaría  en su discurso, hoy día conocido como “Física Aristotélica” o, “El Paradigma de la Física Aristotélica”.

Es que cada estructura histórico-social, que el desarrollo humano genera, establece su propia forma de conocer y pensar (episteme), de manera que las respuestas que la humanidad busca, están condicionadas por dicho episteme.

Así, todos nosotros al nacer nos insertamos en una historia común que nos arropa, en una corriente del pensamiento, en una tradición, incluso en un idioma, sin los cuales no podemos pensar, ni hablar. De tal manera que el pensamiento de Aristóteles estaba influido por su período histórico, conformando un campo de posibilidades que tendría las características propias de dicho período, con el sello distintivo no sólo de la sociedad griega sino, principalmente, del entorno social en el que él se desarrolló, en el cual destacaba su maestro: Platón.

Bajo esa óptica puedo afirmar que todo lo que Aristóteles escribió estaba, de una u otra forma, teñido por la visión del mundo griego de aquel entonces, que sirvió de base para sus conocimientos previos, lo que él esperaba ver, así como la estructura de conceptos que posteriormente él conformaría. Es por ello que abordaré el mundo de la Antigua Grecia, el cual conforma su ámbito de enunciación, es decir, aquellos lugares de donde los enunciados provienen, y con los cuales se desarrollaría su particular discurso, dentro del llamado “Corpus Aristotelicum”, conformado por una polimatía de áreas del conocimiento que fueron tratadas por el gran filósofo de Estagira.

Es deber aclarar que por discurso entenderemos acá lo que sostiene Tzvetan: “Una manifestación concreta de la lengua, que se produce necesariamente en un contexto particular, en el cual intervienen no solamente los elementos lingüísticos, sino también las circunstancias de su producción: interlocutores, tiempo, lugar, y las relaciones existentes entre estos elementos extralingüísticos”.

Puedo afirmar sin la menor duda que esa práctica discursiva de Aristóteles, de enunciados distribuidos merced a ciertas estructuras, abrió una profunda grieta en nuestra historia, por medio de la cual emergió un espacio de importantes cambios en el estado “normal” del pensamiento de aquel entonces, sobre los cuales descansaron las categorías y supuestos que conformaron los pilares que sustentan al “Paradigma Aristotélico”.

El Pensamiento Aristotélico

el pensamiento aristotélico

Es un hecho que la primera teoría especulativa de la Física de la que se tengan noticias se debe a Aristóteles, cuyos conceptos, que nacieron de aceptar el principio de la armonía del Universo, tuvieron un reinado que duró casi dos mil años.

Aristóteles fue un pensador con espíritu empirista, es decir que buscó fundamentar el conocimiento humano en la experiencia, por ello una de sus primeras preocupaciones fue encontrar una explicación racional para el mundo que lo rodeaba. Él entendía que había una realidad exterior que podía ser accesible al conocimiento, y para ello tenía que partir de las experiencias, es decir, de todas las sensaciones que nos ofrece el mundo de la percepción y del conocimiento sensible. Por el contrario, para su maestro, Platón, los experimentos de pensamiento y el razonamiento bastarían para “probar” un concepto o establecer las cualidades de un objeto. Así para el ateniense, habrían dos mundos: el  de las “ideas” que era lo real y el mundo sensible que era lo aparente.

Es vital mencionar que el estudio de Aristóteles fue meramente cualitativo, ajeno a las matemáticas. Era, a priori, muy intuitivo. Así, su método de hacer Ciencia se contentaba con observar y anotar los fenómenos del mundo físico, debido a lo cual nunca elaboró conclusiones del tipo que hoy conocemos como “leyes físicas”. Es que, para empezar, no tenía el concepto moderno de experimento. Aristóteles había mantenido que la naturaleza era imposible de aprehender de una manera exacta, de ahí que su afán fuese construir una “Física Cualitativa” basada en las esencias. Así, su “Física” fue decididamente anti-matemática, debido a la dificultad con que se encontraban para explicar lo cualitativo. De esta forma, su Filosofía Natural fue  puramente deductiva, basada en conceptos cualitativos, y ajena  a esa “atmósfera experimentalista” del empirismo tal como hoy la conocemos.

Por ello, para comprender las opiniones de Aristóteles sobre “Física” es necesario captar los fondos imaginativos, sus preconcepciones imaginativas. Debido a lo cual, la visión que Aristóteles aportaba a la comprensión del cosmos, en aquellos tiempos,  era muy cercana a su experiencia cotidiana: le parecía que la Tierra estaba fija, inmóvil bajo el cielo; en un Universo que aparentaba haber existido siempre, así como también ocurría con el tiempo.

Eso sí, la “Cosmología Aristotélica” era teleológica dado que para él, el Universo tenía una finalidad (telos), que no era otro sino el mantenimiento del orden cósmico, y que ese “telos” era inmanente e intrínseco a la materia. Una explicación que puede parecer extraña a la luz de nuestra ciencia actual, pero que hay que entenderla coherente con el carácter metafísico de su cosmología.

Por otra parte, Aristóteles limitó su teología a lo que él creía que la ciencia necesitaba  y podía establecer. Así, en su “Metafísica”, abogaba por la existencia de un ser divino, al que  describe como el «Primer Motor Inmóvil», responsable de la unidad y significación de la naturaleza.

No obstante, el Primer Motor, o Dios, tal y como lo describe Aristóteles, no tenía los atributos de una “Providencia Cristiana”, es decir, no respondía a finalidades religiosas, por ejemplo, al Primer Motor no le interesaba lo que sucedía en el mundo, ni tampoco era su creador. Para Aristóteles la manera de hacer filosofía era el ir de Dios hacia el mundo. 

Adentrémonos en su Cosmología

Aristóteles brindó los primeros argumentos sólidos contra la tradicional teoría de la Tierra plana, haciendo notar que las estrellas parecían cambiar su altura en el horizonte según la posición del observador en la Tierra. Este fenómeno podía explicarse partiendo de la premisa que la Tierra era una esfera; pero resultaba incomprensible si suponías que era plana. Notó, además, que durante los eclipses lunares, cuando la sombra de la Tierra se proyecta sobre la Luna, la línea del cono de sombra era curva.

El hecho de que para Aristóteles la tierra estuviese inmóvil nace de sus observaciones y deducciones, pues para todos era evidente que la Tierra parecía un objeto inmóvil, siendo el Sol, la Luna y las estrellas los que parecían moverse; Además él pensaba, con una lógica de mucho sentido común, que si era la Tierra la que se movía alrededor del Sol, debería existir un fuerte viento en la superficie de nuestro planeta, que en absoluto se observaba; tampoco había explicación a por qué las nubes o los pájaros en vuelo no se quedaban rezagados con respecto al suelo, y sin embargo seguían a la Tierra en ese supuesto movimiento; ni se comprendía por qué un objeto lanzado hacia arriba volvía a caer en el mismo lugar desde el que se había lanzado, en lugar de quedar retrasado; etc.

Por ello, el filósofo elaboró un modelo propio del Universo, dotado de una existencia física real, que se fundamentaba en el sistema geocéntrico propuesto por Eudoxo de Cnido y luego modificado por Calipo de Cizico, en el cual la Tierra se encontraba fija en el centro mientras a su alrededor giraba el Sol con otros cuerpos celestes y  planetas.

Cosmología Geocéntrica

En efecto, para el filósofo de Estagira la Tierra era una esfera inmóvil, que se encontraba en el centro del universo y, alrededor de ella, incrustados en esferas concéntricas cristalinas, giraban los demás astros y planetas, arrastrados por el movimiento eterno de las esferas en que se encontraban. Cada astro en una esfera, (de tal forma que no eran los planetas los que se movían en el espacio, sino las esferas en las que los planetas estaban engarzados como zarcillos). La esfera correspondiente a la luna demarcaba el mundo celestial: divino, inmutable y eterno; del mundo terrenal: de nacimiento y muerte; dos submundos, como veremos, completamente diferentes, llenos de materias diferentes y gobernados por diferentes leyes.

Sobre todas las esferas actuaba la última, la llamada “esfera de las estrellas fijas”, que se movía “siempre igual” por lo que su motor tendrá que ser un motor siempre igual, es decir: un “motor inmóvil”, es decir, la “esfera de las estrellas fijas” era movida directamente por el mencionado Primer Motor Inmóvil, causante del movimiento en el Universo en tanto causa final, y que transmitía su movimiento a todas las demás esferas.

Para poder explicar la acción del motor inmóvil como causa final, Aristóteles se vio obligado a dotar de alma a las esferas intermedias: dichas esferas aspiraban a ser perfectas como el motor inmóvil, y es esa aspiración la que mueve el Universo; así, de esta manera, Aristóteles ofrecía una hermosa interpretación teleológica del motor inmóvil del Universo.

Motor universo

De esta forma el modelo era fácil de acomodar al movimiento del Sol y la Luna, pero presentaba graves dificultades cuando se trataba de ajustar al problema planteado por el movimiento de otros astros errantes, los planetas, especialmente el movimiento de retrogradación. Este movimiento consistía en que los planetas, al tiempo que se desplazaban lentamente hacia el este, mostraban un breve pero extravagante movimiento hacia el oeste. Cada uno retrogradaba con periodicidades diferentes; así, Mercurio lo hacía cada 116 días, Venus cada 584, Marte cada 780, Júpiter cada 399 y Saturno cada 378 días.

En efecto, para la fecha ya era observable el carácter errático de los movimientos de los planetas (por cierto, “errante“, “vagabundo“, es el significado en griego de “planeta”), muy diferente del movimiento uniforme y regular que se podía observar en las estrellas.

A todas luces, la música de las esferas, al parecer, no era tan cristalina y pura como él creía  y de vez en cuando desafinaba.

Aristóteles, para explicar esas alteraciones (retrogresiones) no le quedó otra sino elegantemente introducir otras esferas que giraban en sentido contrario a las primeras citadas. De ahí que el sistema aristotélico precisó de hasta 55 esferas para dotar de coherencia al modelo.

Así, de esta forma, Aristóteles propuso la existencia de un universo esférico, finito y eterno. En su parte central se encontraba el “mundo sublunar”, temporal y cambiante, el cual  identificaba con la Tierra, es decir, con todo aquello que estaba situado por debajo de la esfera de la Luna. Por otra parte, el “mundo supralunar”, conformando por los ya no tan misteriosos cielos, que se movían perfecta y eternamente de forma natural en la región divina, siguiendo un complejo movimiento circular. En fin, su tratado de los cielos enseñaba una teoría simple y agradable. Las cosas por debajo de la Luna están sujetas a generación y decadencia; de la Luna para arriba, todas las cosas eran ingénitas e indestructibles.

Para Aristóteles tenía que haber un movimiento que fuese armonioso y continuo, esto es: indefinidamente divisible, en el cual pudieran señalarse posiciones intermedias entre cualesquiera dadas. Pero, que de todas esas infinitas posiciones que pudieran señalarse, ninguna estuviera especialmente “señalada”; es decir: tenía que ser un movimiento sin posiciones cualificadas. Por tanto, en ese movimiento tampoco podría haber un “comienzo” ni un “final”, que tampoco podía haberlo en el tiempo, como veremos más adelante. Estas condiciones solo las cumple el movimiento circular uniforme.

En efecto, en ste tipo de movimiento todas las posiciones son iguales: cada punto es tan «comienzo» y tan «final» como cualquier otro y absolutamente igual a cualquier otro. Esa idea del espacio infinito y uniforme está en conexión con el postulado de que todo saber ha de poder reducirse a matemática, postulado que no tenía validez para el gran filósofo de Estagira, pero que siglos después fue vital para Galileo.

Es a partir de sus enunciados (defectuosos a la luz de hoy) cuando el discurso de la Física Aristotélica construye sus “criterios de realidad” que servirán luego de sustrato para otras ciencias, y para otros saberes, conocimientos que dibujarán el horizonte de la humanidad por casi dos mil años, hasta que comenzó a tambalearse cuando Copérnico, en el siglo XV, cambió los conceptos, al introducir al Sol como centro del Universo. Una vez más se ponía de manifiesto que la “verdad” en Ciencia se escribe con dos V de “Verdad Vigente”.

Copérnico

Estos enunciados aristotélicos relativos al cosmos trascendieron, en su despliegue discursivo, a sus restantes modalidades enunciativas, las cuales podrán apreciarse en los puntos siguientes:

Los Elementos, La Materia y La Sustancia

Aristóteles afirmaba que los elementos, a partir de los cuales se formó la Tierra,  fueron distintos de los que formaron el cielo y el espacio sideral. Su concepción era que la materia se encontraba unida inseparablemente con la forma (μορφή), que no solo era figura, sino esencia espiritual. Aprovechaba esta “definición” para explicar la dinámica del movimiento, que abordaré más adelante, la cual, según él, estaba principalmente determinada por las características y naturaleza de las sustancias de las que estaba formado el objeto que se desplaza.

En efecto, el “mundo sublunar”, estaría formado por cuatro elementos: tierra, aire, fuego y agua, concebidos como la totalidad de las sustancias y sometido a la generación y a la corrupción, es decir, al cambio y al movimiento.

cuatro elementos naturaleza

Aristóteles consideraba que las substancias pesadas tales como el hierro  y los metales estaban principalmente formadas por el “elemento” tierra, con una cantidad reducida de materia  de los otros elementos. Así sostenía que otros objetos, más livianos y/o densos, eran menos terrenos, y por lo tanto estaban compuestos con mayor proporción de los otros elementos. Los humanos  estaban constituidos con una combinación de todas las substancias, pero cada persona tenía una proporción distintiva y única de dichos elementos. Una prueba más de que la intuición es muy romántica, y hoy día a los emprendedores les encanta usarla pero, definitivamente, no es fiable.

A este respecto distingue dos tipos de sustancias en el “mundo sublunar”: las artificiales y las naturales. La Naturaleza estaría formada por el conjunto de las sustancias naturales. Son sustancias naturales aquellas que tienen en sí el principio y la causa del movimiento. Cada ser natural  tiene en sí mismo un principio de movimiento y de reposo, unos en cuanto al lugar, otros en cuanto al aumento y la disminución, y otros en cuanto a la alteración. Por el contrario, las artificiales no poseen ninguna tendencia natural al cambio.

Por otra parte, el “mundo supralunar”, que era perfecto, estaba formado por una materia especial, incorruptible, el éter (aither) o “quintaesencia”, el cual se suponía que no tenía peso, era eterno, perfectamente transparente, y que solamente estaba sometido a un tipo de cambio: el movimiento circular, caracterizado por el orden y la armonía y por ello considerado como la forma perfecta de movimiento. Es que Aristóteles considera —de acuerdo con lo que veía— que en los astros no hay otro movimiento que el cambio circular de lugar: los astros no nacen ni perecen; por ello no podían ser de fuego, aire, agua y tierra, sino de otra cosa, de ese “quinto elemento”, que no se mezclaba con lo demás, ni se cambiaba en algún otra cosa.

Así, los cielos se mueven de forma natural e infinita siguiendo un complejo movimiento circular… Nada más romántico… Es que las modalidades enunciativas aristotélicas hunden sus raíces en los dominios del sentido común… lo que se ve y que, luego, se hace lógico.

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