El movimiento para Aristóteles

Para el Estagirita el movimiento no es otra cosa que el llegar a ser, por ello es claro que la llamada «doctrina aristotélica del movimiento» no es otra cosa que la “Ontología Aristotélica”.

En su “Física”, cada uno de los elementos tiene un “lugar natural” adecuado, determinado por su peso relativo o “gravedad específica”. Cada elemento se mueve, de forma natural, en línea recta —la tierra hacia abajo, el fuego hacia arriba— hacia el lugar que le corresponde, en el que se detendrá una vez alcanzado, de lo que resulta que el movimiento terrestre siempre es lineal y siempre acaba por detenerse.

Por otra parte, Aristóteles afirmaba que el movimiento requería de un medio, él no podía comprender las ideas del vacío. Para él, el movimiento de un objeto era inversamente proporcional a la densidad del medio. Cuanto más tenue fuese el medio, más rápido sería el movimiento. Aristóteles creía que si un objeto se moviera en el vacío debía desplazarse en forma infinitamente rápida, lo cual simplemente no ocurría, de forma tal que la materia tenía que rellenar todo espacio vacío.

Así también el gran filósofo echó de mano su sentido común y concluyó que, como los objetos que ve a su alrededor acaban deteniéndose, eso debe ser lo que sucede siempre, por ello era de la opinión de que los objetos y la materia solo se podían desplazar siempre y cuando una forma de energía  los estuviera empujando en una dirección dada. Por lo tanto, si se eliminaran todas las fuerzas que estuvieran aplicadas sobre un objeto, como ocurre al lanzar una piedra, entonces el movimiento no se produciría.  Evidentemente mucha gente ponía en duda esta idea, preguntando cómo era que un objeto como una flecha  podía seguir moviéndose hacia adelante una vez que había dejado atrás el impulso que le había transferido la cuerda del arco, pero esas críticas no implicaban un cuestionamiento global a su concepción del mundo físico, aceptado consensuadamente en sus bases fundamentales.

Aristóteles, para superar esa aporia, propuso la idea de que las flechas y otros objetos creaban una especie de vacío en su parte posterior que resultaba en una fuerza que los hacía desplazar hacia delante, lo cual era consistente con su interpretación del movimiento como una interacción del objeto que se desplaza y el medio a través del cual se mueve… Para ese entonces nada se sabía del estudio de turbulencias. Pues entonces que no se diga que no es brillante su explicación… Es que el reconocido padre de la “Lógica” siempre tenía un “As” bajo la manga.

En esa línea de pensamiento Aristóteles sostenía que los cuerpos más pesados de una materia específica caen de forma más rápida que aquellos que son más ligeros cuando sus formas son iguales. Esta visión, que aún perdura en muchas mentes, (es que en pleno siglo XXI, el viejo griego sigue dominando muchas mentes), sería derrumbada 1800 años después por Galileo con su famoso experimento desde la torre inclinada de Pisa…

En este aspecto es justo decir que son pocas las personas que están viviendo en la segunda década del siglo XXI y están efectivamente ubicadas a la altura de los tiempos. La inmensa mayoría de los que cohabitamos hoy día el planeta están instalados cronológicamente en el mismo, es decir viven en los días que corren, pero no lo están históricamente, no viven la época histórica que nos está tocando vivir, sus creencias y motivaciones son, en muchísimos casos, de siglos pasados, por ello es común que gran cantidad de personas piensen como Aristóteles sobre la caída de los cuerpos…

Sobre esta situación, probada hasta en la luna  (durante la misión Apolo 15, por el astronauta David R. Scott), es indudable mucho más atractiva la visión aristotélica que, por su romanticismo, se entiende de corazón. Por cierto Aristóteles creía que la actividad del pensamiento se centraba alrededor del corazón y no en el cerebro… De esa forma argumentaba:

“Una piedra cae porque busca la tierra, su lugar natural, la piedra es tierra y busca la tierra, su movimiento se acelera a medida que el hijo-tierra se acerca a la madre-tierra acentuándose el vínculo afectivo de pertenencia”  

Lo que Aristóteles expresaba finalmente: “cual caballo que galopa de regreso a su establo…

No se diga que no es una preciosa metáfora para entender el mundo… y que, además, suena muy lógica… Así que…

Lo dijo ARISTOTELES, cosa de no dudar.

De forma análoga sus observaciones lo hacen pensar que dado que el humo está principalmente formado de aire, es natural que se eleve para ponerse en contacto con el aire que forma los cielos.

Es que Aristóteles sostenía que cada uno de los cuatro elementos que forman el mundo poseen afinidad entre sí y por lo tanto que tienen una tendencia a reunirse.

El Tiempo según Aristóteles

A partir de su noción del movimiento, y como algo esencial «del movimiento», entiende Aristóteles el tiempo. El movimiento, con arreglo a la definición dada del mismo, es de … a … Por lo tanto, es una cierta distensión entre un antes y un después. Decimos que hay tiempo en cuanto discernimos en el movimiento el antes y el después, distinguimos lo anterior y lo posterior como tales y, por tanto, reconocemos el “entre”. No hay tiempo si no hay un antes y un después distinguibles, es decir, si no hay cambio. Por ello el tiempo es algo del movimiento, y no tiene sentido sin movimiento,  esto es, la comprensión ontológica del tiempo deriva de la del movimiento.

Aristóteles entiende ese “antes” y ese “después” como dos “ahora”  necesariamente distintos, pero absolutamente iguales en cuanto que cada uno en su caso es “ahora” y el “entre” como una magnitud, medible, numerable:

El tiempo es “el número del movimiento según el antes y el después”.

Como para él toda magnitud es continua, es decir: se pueden establecer en ella divisiones de forma que cualquier intervalo, por pequeño que sea, se puede seguir dividiendo en intervalos menores; esto implica que los límites mediante los cuales se establecen estas divisiones son indiferentes y son todos iguales entre sí. Todos los “ahora” son iguales, por ello el tiempo es una serie uniforme. Si es uniforme, tiene que ser también infinita, porque todo “ahora” es igualmente “ahora” que los demás y, por tanto, no es entendible un límite absoluto: no puede haber un “ahora” final ni un “ahora” inicial. Así  queda fijada la noción del tiempo como serie uniforme (y, por tanto, infinita)  de los “ahora”, que será decisiva para toda la filosofía posterior.

El problema del cambio              

Como hemos dicho, Aristóteles fue un pensador con cierto espíritu empirista (pero sin ninguna experimentación tal como la conocemos hoy), y así se percató de que lo que nos rodea es una realidad diversa que se halla en continua y perpetua transformación. Por ello, el filósofo estagirita se avocó a encontrar una explicación del cómo y porqué de los cambios que ocurrían en el mundo.

Así, Aristóteles distingue diversos tipos de cambio, según afecte a la sustancia o a los accidentes, o según sea producido de forma natural o artificial.

La primera explicación: La posibilidad del cambio

La primera explicación del cambio que nos ofrece Aristóteles está basada en su concepción de la sustancia… en el “hilemorfismo”.

En efecto, Aristóteles dejó de depender de las ideas platónicas y desarrolla su concepción hilemorfista, que consiste en que las sustancias de las cosas reales tienen una realidad dual; ellas son: Materia y Forma. Los conceptos aristotélicos de materia y forma no se refieren a realidades absolutas, sino a puntos de vista que en cada caso enfocan algo distinto, puntos de vista que se obtienen por reflexión de sentido común sobre la práctica lingüística cotidiana.

Así, la materia como realidad universal y unitaria es algo que no se encuentra en Aristóteles. La materia es siempre materia de algo. La forma representa la esencia, aquello que la cosa es, lo que la define. Nombramos a las sustancias por su forma, o sea, por su esencia.

Pues bien, para que tenga lugar el cambio debe de haber algo que permanezca y algo que se produzca. Ha de haber un sustrato del cambio, lo que permanece, lo que sufre el cambio. Y ha de haber algo que cambie, algo que se pierda y algo que se adquiera. El sustrato es el sujeto del cambio entitativo, y el cambio consiste en la adquisición por el sustrato de una forma de la que inicialmente estaba privado. Por lo tanto, los principios del cambio son tres: el sustrato (hipokéimenon), la forma (morphé) y la privación (stéresis) por la forma que se adquiere.

Así, cuando un árbol florece el sustrato del cambio es el árbol, que permanece, pero que pierde la forma en que estaba (sin flores) y adquiere una nueva forma de la que estaba privado (florido). Una vez más, de forma sensible y apasionada, explica que lo que ocurre en el cambio… fantástico.

Ahora bien debo aclarar que cuando Aristóteles dice que el nacimiento de algo es a la vez el “dejar de ser” de otra cosa, no establece ningún principio de conservación, tal como lo conocemos hoy, ya que él no establece un substrato existente que primero es algo y luego es otra cosa sin dejar de ser lo mismo. Mucho menos aún establece la conservación de una cantidad, debido a que no hay ninguna cantidad total subyacente, lo único que dice Aristóteles es que todo lo que nace, nace de algo. Será posteriormente, en el Siglo XVII, cuando los “Principios de Conservación” serán fundamentales para conformar un nuevo sistema conceptual con una estructura formal, o matemática, que permitirá edificar el “Paradigma de la Física Newtoniana”.

Debo también mencionar que aunque esta visión Aristotélica de “Materia y Forma” pareciera ingenua comparada con las teorías más recientes, lo cierto del caso es que hoy día el atomismo clásico parece insostenible. Ninguna de las partículas hoy conocidas o postuladas es ingenerable o indestructible. Todas pueden aniquilarse o crearse. En los Aceleradores de Partículas, por ejemplo, cada día se aniquilan electrones y positrones por millones, y se crean hadrones (y, por supuesto, quarks) también por millones, y el sustrato de esas generaciones y destrucciones es algo parecido a la materia primera de Aristóteles Tal es así, que el reconocido Epistemólogo norteamericano Patríck Suppes ha escrito:

«Las colisiones de electrones y otras partículas para producir nuevas partículas, tal como se observa, por ejemplo, en las cámaras de burbujas y en otros experimentos, constituyen simplemente un buen apoyo para la noción aristotélica de cambio de forma de la materia. Los datos de la cámara de burbujas apoyan especialmente la definición de materia de Aristóteles… En resumen, la situación parece indicar que la teoría de la materia de Aristóteles proporciona una manera excelente de considerar tanto los fenómenos de la física de altas energías como el tipo de fenómenos macroscópicos en que se fijaba Aristóteles».

Conforme la ciencia de nuestro tiempo ha ido poniendo más énfasis en la estructura que en los componentes, en los principios de conservación de números cuánticos y simetrías que en las partículas conservadas, las viejas nociones aristotélicas de su concepto de materia han ido ganando nueva actualidad.

La segunda: La explicación del cambio

Su explicación del cambio se basa en la distinción entre ser en “potencia” y ser en “acto”. El ser en acto (enérgeia) remite a lo que una sustancia es ahora, y el ser en potencia (dynamis) a una cierta capacidad de ser, relativa a la naturaleza de la sustancia, es decir, a la posibilidad de ser algo que por naturaleza es propio de esa sustancia y no de otra. Así, un niño puede llegar a ser un hombre, En ese sentido, el niño es un hombre en potencia. Aristóteles define el cambio como la culminación de lo potencial en cuanto tal. En resumen, esa forma nueva que se adquiere representa la actualización de una potencia o capacidad de ser, la culminación de lo potencial en cuanto tal.

Acá se pone aún más de manifiesto el que la condición fundante de este discurso de la Física Aristotélica es la asunción de lo real como dimensión atiborrada de cualidades por doquier.

¿Por qué se produce el cambio?

Por último, la explicación de por qué se produce el cambio, sus causas, nos la ofrece Aristóteles con la teoría de las cuatro causas: la causa material, la causa formal, la causa eficiente, y la causa final. Cuando la madera de una mesa se pudre y se destruye la mesa la causa del cambio es material; cuando a un joven comienza a salirle la barba, la causa del cambio es formal, deriva de su propia esencia; cuando un bloque de mármol se convierte en una estatua la causa del cambio es el escultor que lo modela, la causa eficiente; cuando una masa de arcilla se convierte en un plato lo hace en función de la causa final, para comer.

Como producto de la revolución en Física ocurrida a raíz de los desarrollos de Galileo y de Newton, hoy día nos resulta más lógico entender las cosas así: Todas las cualidades y situaciones, han de ser en definitiva reducibles a distribuciones de la materia en el espacio. La materia es el substrato de todo, pura magnitud, de la cual tenemos cantidades. La materia simplemente “existe” sin ser nada mágico. Un «llegar a ser» en términos absolutos sería que llegase a existir materia como conejos del sombrero de un mago, y esto no es posible: “la cantidad total de materia no aumenta ni disminuye”; tampoco puede la materia cambiar de “carácter”, porque en sí misma no tiene carácter alguno. Ahora, lo que puede cambiar es la distribución espacial de la materia, es decir: en qué puntos del espacio hay materia y en cuáles no.

Sin embargo, de aquella forma, y en aquel momento, emergieron los enunciados de la Filosofía de la Naturaleza de Aristóteles, tales enunciados abrieron, en aquel entonces, un espacio discursivo que inauguró -como se sabe- a La Física, esto es, el discurso clásico de la Física, con sus propios “criterios de realidad” más o menos coherentes. Es, justamente en esas estructuras enunciativas, en las que la historia de las Ciencias Físicas descubre su génesis, su marca de Ciencias, conformando, así, un relato que fundó unos criterios de realidad que sirvieron de soporte y explicación a la humanidad, incluyendo a la visión de la cristiandad, por muchos siglos.

En efecto, la visión del mundo que Aristóteles había plasmado en sus escritos, aportaron un marco de referencia lingüístico y conceptual al que estuvieron adheridos, de una u otra forma, todos los filósofos naturales hasta XVII.

Así, durante siglos los debates sobre algún tema se zanjaban citando alguna frase del filósofo y añadiendo “Magister Dixit…” y con ello la palabra del maestro pesaba más que cualquier evidencia. Durante casi dos mil años sus verdades habían sido estudiadas y discutidas…pero no verificadas.

De igual manera esta concepción aristotélica del cosmos sería dominante en el occidente cristiano. Es que aquellos eran tiempos de fe y la cúpula de la Iglesia Católica hizo del aristotelismo su sostén filosófico, con la consagrada aspiración de explicar la revelación en Cristo acudiendo a sus escritos.  Ese apoyo, durante casi 2000 años, hizo que su autoridad fuese tan indiscutible como la de la Iglesia.

Hoy día la Filosofía Natural Aristotélica  constituye una etapa superada de la filosofía, pero es curioso que aun siendo algunos de los planteamientos descabellados puedan haberse aceptados como la explicación de la realidad durante siglos.

Los méritos de Aristóteles son enormes, pero sus faltas son igualmente grandes. Ejemplo de ello es que Aristóteles afirmó, mediante argumentos ontológicos, que las mujeres eran inferiores a los hombres. Uno de estos argumentos era que la mujer tenía menos dientes que los hombres así como también menos costillas, fácil hubiera sido observar, contar y refutar tal aseveración… pero nadie se los contaba… eran tiempos de fe, era la “santa palabra” del gran filósofo. De igual manera una de las teorías más destacadas de la biología aristotélica fue la teoría de la generación espontánea, en la que afirmaba, por ejemplo, que los cocodrilos podían nacer de los troncos.

Para ser un hombre de Filosofía y Ciencias tan razonable en otros aspectos, resulta algo desconcertante observar cómo llegó a equivocarse tanto en la relación entre sexos. Para él, la mujer venía a ser algo así como un “hombre incompleto”, su papel era estar en el gineceo cuidando de los niños, aunque nunca pensando y estudiando, así el neonato tan solo heredaba las cualidades del hombre, ya que estas estaban contenidas en el esperma del varón, a su modo de ver, la mujer era como la tierra, un elemento que no hace otra cosa que gestar una semilla que el hombre siembra.

En fin, Aristóteles era un hombre y, como todos, tenía sus virtudes y debilidades que lo llevaron a cometer errores.

Tendríamos que esperar hasta el siglo XVI a Galileo Galilei, el padre de la Ciencia moderna, que tuvo curiosidad, y en lugar de contentarse con las palabras del maestro, decidió ponerlas a prueba con la experiencia, dudar, comprobar y, para su sorpresa, nada funcionaba. Por ejemplo, el descubrimiento de Galileo de que un proyectil se mueve describiendo una parábola escandalizó a sus colegas aristotélicos. Copérnico, Kepler y Galileo habían combatido a Aristóteles tanto como a la Biblia, al establecer el concepto de que la Tierra no era el centro del Universo, sino que gira sobre su eje una vez al día, y da vuelta alrededor del Sol una vez al año.

Hoy sabemos que la Física de Aristóteles es incompatible con la Primera ley del movimiento de Newton, originalmente enunciada por Galileo. Esta ley establece que todo cuerpo abandonado a sí mismo, continuará, si no actúan fuerzas sobre él, moviéndose en línea recta con una rapidez constante. Así, se requieren causas exteriores, no para mantener el movimiento, sino para producir el cambio de movimiento, sea en rapidez, sea en dirección. Es así que el movimiento circular, que Aristóteles imaginaba natural en los cuerpos celestes, supone un cambio continuo en la dirección del movimiento y, por lo tanto, requiere una fuerza dirigida hacia el centro del círculo, como en la ley de la gravitación de Newton.

Finalmente, el concepto de que los cuerpos celestes son eternos e incorruptibles ha tenido que ser abandonado. El Sol y las estrellas tienen vida larga, pero no eterna. Nacieron de una nebulosa y al fin explotan, mueren o se enfrían. Nada en el mundo visible está exento de cambio y decadencia; el credo aristotélico, por el contrario, aunque aceptado por los cristianos medievales, era producto del culto pagano al Sol, la Luna y los planetas.

Así, siglos de estancamiento intelectual terminaron, de tal forma que el mundo ya no sería lo que era antes. Con Galileo, el polímata italiano, se inició una gran revolución que aún no ha terminado.


Resumamos, finalmente, los Principios Fundamentales de la Física de Aristóteles (la Ciencia de las formas y las esencias).

1) Lugares naturales: cada elemento querría estar en una posición distinta y distintiva relativa al centro de la Tierra, que es el centro del universo.

2) Gravedad/levedad: para lograr esta posición, los objetos sienten una fuerza hacia arriba o hacia abajo.

3) Movimiento rectilíneo: un movimiento como respuesta a esta fuerza es en una línea recta a una velocidad constante.

4) Relación entre la velocidad y la densidad: la velocidad es inversamente proporcional a la densidad  del medio.

5) El vacío es imposible de imaginar: el movimiento en un vacío sería infinitamente rápido.

6) El éter: todos los puntos del espacio están llenos con esa materia.

7) Quintaesencia: los objetos por encima de la Tierra no están formados de materia terrenal.

8) Cosmos incorruptible y eterno: el Sol  y los planetas  son esferas  perfectas, y no cambian.

9) Movimiento circular: los planetas se mueven en un movimiento circular perfecto.

10) Concepto de casualidad: “No hay efecto sin causa” y “todo efecto debe ser proporcionado a su causa”, bajo esta norma se construirá toda la ciencia antigua, moderna y contemporánea.

11) Cada cambio de la naturaleza es, en realidad, un cambio en la materia, que es lo único que fluye en la naturaleza, mientras que la forma, permanece siempre inmutable.

12) El universo no tiene principio, porque siempre ha existido, así como el tiempo.

En conclusión, Aristóteles es encomiable en muchos aspectos, y aunque hoy su “Filosofía Natural” está muy superada, para mí seguirá siendo uno de los filósofos más importantes de la historia, y por ello me pliego a lo que dijo Ayn Rand:

“Estoy en completo desacuerdo con gran parte de la filosofía de Aristóteles, pero su definición de las leyes de la Lógica y de los medios del conocimiento humano son un logro tan enorme, que sus errores son, por comparación, irrelevantes”.

Gran distinción a este filósofo y científico reconocido por ser de los primeros en arrodillarse en tierra, llenarse las manos con ella y otorgarle un orden y sentido a la naturaleza.

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